
Esperar a tener más de tres años para adentrarse al mundo de Playmobil sin atragantarse con las piececitas de los muñecos, esperar dos navidades para que te regalen aquella sorpresa que siempre deseaste o simplemente esperar a tener los dieciocho para ser mayor de edad y no depender de nadie. Pero… ¿Qué pasaría si la espera no te serviría de nada? Si pasas toda una vida esperando, dependiendo de las agujas de un reloj y de los días que contienen un calendario, aún sabiendo que no valdrá la pena. Que la persona a la que amas, aquella que te hace estremecer con una mirada, causa estragos en tu interior, e incluso mariposas en tu estómago al rozar la comisura de sus labios contra tu boca, no es más que un amor imposible. Que nunca podrás sentir su presencia si no es en una cena familiar rodeados de invitados o cada mañana al traer churritos a casa. Y que siquiera sabrás lo que es estar a su lado, pues jamás se atreverá a acariciarte las manos si no es clandestinamente al pasarte la panera en el almuerzo. Y es que la esperanza que e mantenido durante tanto tiempo, se ha desvanecido por completo. Finges amnesias para hacerte olvidar de los mágicos instantes que vivimos juntos, escondes todo lo que sientes y lo desembocas en sonrisas envueltas en hipocresía. Lo que me da a entender que lo nuestro no llegará a ningún lado, que seguirás viéndome como a aquella dulce e inocente niña que llevabas en brazos hace apenas unos años y que te importa más lo que piensen los demás que tu propia felicidad…

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